Últimamente se habla mucho de marca personal.
Que si tienes que trabajarla, que si todo el mundo tiene una, que si sin marca no existes, bla bla bla.
Y vale, puede ser.
Pero también da pereza.
Porque suena a postureo, a influencer de LinkedIn, a “branding de yo mismo”.
Y sin embargo…
también hay algo real ahí.
Algo que sí tiene sentido trabajar.
Porque no es solo cómo te vendes.
Es cómo te entienden.
Cómo te perciben.
Qué esperan de ti.
Qué recuerdan.
Yo, por ejemplo, no me levanté un día y dije:
“Voy a construir mi marca personal”.
Qué va.
Solo empecé a compartir cosas que pienso, cosas que hago, cosas que siento.
Y al final, eso fue construyendo una idea de quién soy (aunque sea una parte).
Mi estilo. Mi tono. Mis valores.
Las decisiones que tomo.
Lo que publico. Lo que no.
Lo que defiendo. Lo que ignoro.
Todo eso comunica.
La marca personal no va de tener un logo con tu nombre en Helvetica Bold.
Va de que la gente entienda qué haces, cómo lo haces, y por qué deberían confiar en ti.
Va de coherencia.
De hacer y decir cosas que encajen con lo que eres.
De no intentar parecer algo que no eres solo porque suena bien.
Porque sí: puedes tener un buen portfolio, pero si no se acuerdan de ti, estás jodido.
No se trata de inventarte una versión perfecta de ti mismo.
Se trata de mostrarte con intención.
De tener claro qué aportas.
Y de contarlo bien.
Sin disfrazarte.
Sin forzar.
Desde lo auténtico.
Así que sí: tú también tienes una marca personal.
Aunque no tengas logo.
Aunque no tengas LinkedIn.
Aunque no hayas subido una story en tu vida.
La diferencia está en si la dejas al azar…
o si decides construirla tú.
Gracias por leer.
Este post no lo escribí para decirte que eres una marca.
Lo escribí para recordarte que puedes usar lo que eres para crear algo más grande.
Y si ya lo estás haciendo: que se note.
Masivo bro.
Un abrazo.