La primera marca fue una cicatriz

Hace unos días, leyendo la newsletter del Blanc!, me encontré con la historia del origen de la palabra branding.
Y, sinceramente, me volvió a encender algo por dentro.

Contaban que brand viene del nórdico antiguo brandr, “quemar”.
La marca no empezó siendo un logo, empezó siendo una herida en la piel del ganado para demostrar pertenencia.
La primera marca fue una cicatriz.

Con el tiempo, ese fuego pasó de marcar animales a firmar cerámicas, barriles y tejidos.
Ya no era propiedad: era autoría.

Y de ahí… a la Revolución Industrial, al nacimiento de marcas que hoy son cultura, y a la evolución natural:
dejar de marcar piel para marcar memoria.
Dejar el fuego físico para encender el emocional.

Y mientras lo leía, pensé:
Qué loco que, después de siglos, seguimos hablando del mismo fuego… pero de otra forma.

Hoy las marcas que funcionan no son las que gritan.
Son las que encienden algo en las personas.
Una emoción.
Un recuerdo.
Una sensación de pertenencia.
Una mínima chispa que hace click.

Las marcas que inspiran no queman hacia afuera.
Queman hacia adentro.

El branding es eso:
detectar qué enciende a una persona,
qué la mueve,
qué la une con otras,
y cómo una marca puede ser el puente para que todo eso ocurra.

No es diseño por diseño.
No es estrategia por estrategia.
Es conexión.
Es sentido.
Es identidad.

Cuando una marca no entiende esto, pasa lo de siempre:
no arde, no brilla, no calienta.
Y al final simplemente termina apagándose.

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