Llega el 28 de noviembre y todos los años pasa lo mismo.
Los banners negros.
Las cuentas atrás.
Los descuentos agresivos.
Las marcas intentando gritar más alto que las demás.
El famoso Black Friday.
Ese día (o más bien, ese mes entero) en el que parece que si no bajas precios, no existes.
Pero… ¿y si no es tan simple?
Porque sí, el Black Friday ayuda a vender.
Ayuda a generar ingresos rápidos.
Ayuda a que negocios pequeños respiren.
Pero también tiene un lado más turbio:
rompe la percepción de valor,
acostumbra al cliente a comprar solo si hay descuento,
y obliga a muchas marcas a entrar en un juego en el que ni creen ni encajan.
La verdad incómoda
El problema no es hacer Black Friday.
El problema es no saber por qué lo haces.
Hay marcas que lo hacen porque les cuadra estratégicamente.
Perfecto. Adelante.
No hay nada malo en aprovechar una fecha donde la gente compra más.
Pero hay otras que lo hacen porque “hay que hacerlo”
o porque “todas las marcas lo esperan de mí”.
Y ahí empieza el lío.
Entra la incoherencia.
Se rompen valores.
Se traiciona el posicionamiento para perseguir un pico de ventas.
Muchas veces, lo que se gana en ingresos se pierde en credibilidad.
El otro lado del Black Friday
Hay marcas que van a contracorriente.
No para ser “rebeldes”,
sino porque su coherencia les sale más cara que su miedo a perder ventas.
Minimalism lo explica muy bien:
si tu precio es justo todo el año,
¿por qué deberías bajarlo un viernes concreto?
Y Milfshakes, la marca de Nil, hace lo mismo.
No entran en el juego.
No porque no puedan, sino porque no quieren.
Esa es la diferencia.
No es una pose.
Es un principio.
“Si tus principios no te cuestan dinero, son solo ideas.”
Esa frase debería estar grabada en muchas oficinas.
¿Entonces qué hago con mi marca?
La respuesta es sencilla:
haz lo que encaje con tus valores.
No con la tendencia.
No con la presión.
No con el ruido.
Si vas a hacer Black Friday, hazlo con estrategia.
Con intención.
Coherente con tu público, tu producto y tu mensaje.
Y si no lo vas a hacer, dilo también.
Comunícalo desde la transparencia.
Hazlo parte de tu narrativa.
Explícalo.
Porque la coherencia también vende.
Al final, el debate es este:
¿quieres vender más hoy
o construir algo que valga la pena dentro de un año?
Las dos opciones son válidas.
El problema es cuando eliges sin saber por qué.
Gracias por leer.
Chau chau chau chauuuu.