Dicen que las mejores decisiones se toman con un poco de miedo en el cuerpo.
Y creo que es verdad.
Porque el miedo no siempre es señal de peligro.
A veces es la prueba de que lo que tienes delante importa.
El miedo al fracaso, al cambio, a lo desconocido…
todos lo sentimos.
Algunos lo usan de excusa para no moverse.
Otros lo convierten en motor para avanzar.
Y aquí está la diferencia:
el miedo paraliza o empuja, según cómo lo mires.
Emprender, cambiar de rumbo, apostar por uno mismo…
no es un camino recto ni sencillo.
Implica renunciar a la comodidad.
Dejar atrás certezas.
Y lanzarse hacia un lugar que todavía no existe.
Claro que asusta.
¿Cómo no va a asustar dejar un suelo firme para caminar sobre aire?
Pero piensa en esto:
¿y si el miedo fuera justo la señal de que vas por buen camino?
Nadie recuerda las decisiones fáciles.
Las que no incomodan.
Las que no mueven nada por dentro.
Lo que nos marca son los saltos.
Los momentos en los que todo tiembla.
Los días en los que, aun con dudas, decides avanzar.
El fracaso, si llega, no es el final.
Es parte del proceso.
El precio que pagas por atreverte.
Y, en realidad, lo único que duele más que fallar…
es quedarte con la duda de qué habría pasado si lo hubieras intentado.
El miedo nunca se va.
No desaparece cuando das el paso.
Solo cambia de forma.
Y empieza a convivir con otra sensación: la ilusión.
La ilusión de construir algo tuyo.
De crear, equivocarte, aprender, mejorar.
De dejar de esperar el momento perfecto y empezar con el momento que tienes.
Porque, en el fondo, no se trata de estar preparado.
Se trata de estar decidido.
Yo he tomado mi decisión.
Con miedo, con vértigo, con dudas.
Pero también con una sonrisa.
Porque a veces el salto más grande es el que más merece la pena.
Gracias por leer.
Nos vemos en el camino.